viernes, 10 de enero de 2014

El monje Irreverente




Hoy es uno de esos días en los que se rompió mi burbuja de cristal y veo la realidad tal cual es.
Había olvidado ese olor de la ciudad, tan propio del centro, es más, hasta me duele la cabeza de sentir la fetidez de la calle y las nubes de polvo negro irritan mis ojos. Sin duda soy vulnerable a este tipo de ambiente urbano, y hasta me siento perturbado, tanto ruido, tantas voces, tantos hablando sin decir nada y sin entender lo que veo.
Mi burbuja me protege del ambiente citadino, pero ahora que se me ha roto, me siento mal, siento y eso es lo que me enferma.
Al ver los rostros de las personas desde fuera de mi burbuja logro distinguir que cada una tiene su propia identidad, por ejemplo el ciego que vende billetes de lotería, su rostro habla por sí solo, pero su cuerpo lo contradice, su rostro exclama insatisfacción, pero su cuerpo, reposado en la banquetilla de una zapatería, pareciera estar cómodo y diciendo “no pasa nada, todo está bien”.
Ahora, veo el rostro del agente de seguridad municipal, no lo había visto bien, pero sus ojos mienten, en ellos hay malicia, pero en su sonrisa veo inseguridad, me asusta que camine tan tranquilo.
Creo que ya me estoy acostumbrando al ambiente de esta urbe, pero a lo que nunca me acostumbrare es a esa manera tan rara que tiene la gente de expresarse sin decir nada, es más, sin querer decir lo que piensan, su rostro los delata, y comprendo porque soy tan feliz en mi burbuja.
Tengo náusea, debo reparar pronto mi burbuja, porque corro el riesgo de adaptarme y de ser como la gente que me rodea.

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