Caminaba con sus patas por el jardín, cuando todo era perfecto, disfrutando de la creación y de la desnudez de sus criaturas.
Era la cura a sus problemas de sabelotodo. Tenía lagunas en su omnisciencia y eso lo preocupaba... Cuando se acordaba.
Pero ahora, caminando desnudo entre los animales desnudos, se sentía amado y que lo sabía todo de nuevo. Y eso era bueno.
Atrás había quedado la causa de su desequilibrio, ese recuerdo que le hizo inventarse el olvido: aquel instante en el que se dio cuenta que podían no quererlo.
Desde cuando supo que su amor por el más hermoso ángel desnudo no era correspondido, su omnisciencia quedó dañada.
Ya no lo sabía todo y peor aún: ya no sabía lo que haría ni lo que había hecho.
--Estoy solo nuevamente... Cómo puede mi hermoso ángel ocultarse de mi?
--No soy rival para el poder de un Dios, pero fui excluido de tu presencia, castigado por tu amor.
--Qué dices, mi hermoso ángel!?
--Sólo puedo salir de esta tortura eterna que has inventado, en los instantes cuando tu me piensas.
--Qué tortura te he hecho que comparas con tu rechazo hacia mí?
--Lo llamaste infierno, eterno sufrimiento, aunque finjas desconocerlo.
--Oh por mi, es cierto! ...No lo recordaba hasta ahora. Es terrible que haya tenido que hacerte eso. Si tan sólo me amaras como yo amo...
--Nada te obliga a nada, más que tu orgullo.
Pero como Dios ya lo había excluido eternamente por la traición, ahora haría su universo perfecto, lleno de criaturas materiales, para sentirlos procrear sin pudor y que lo amen cada vez más criaturas, todas juntas, como su ángel hermoso no quiso.
Sólo la armonía de ese mundo perfecto, podría evitar que pensara en el despecho, y volvería a saberlo todo desde el principio, porque haría todas las cosas a su medida, para ser amado.
Ya no estará amándose en solitario.
Nunca más.
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