Al principio de su búsqueda consideró que mortificando el cuerpo lograría la salvación espiritual. Durante días y a veces durante meses se privó de todo alimento. No pretendía morir sino domar el cuerpo, lograr que debajo de su piel, en ese fondo oscuro de sí mismo para él desconocido, se extinguieran todos los sentimientos y pensamientos que entraran en contradicción con sus ideales de pureza. Como tantos otros buscadores de la verdad en tantas épocas diferentes, creía que la Luz no habitaba en su cuerpo, que su cuerpo en todo caso era un obstáculo para contemplar la Luz. Desfallecido y hambriento, casi al borde de la muerte, se percató de que estaba equivocado. Si la naturaleza le había proporcionado brazos y piernas, vientre y cabeza, él no era quién para aborrecer las señales de su condición humana. Pensó con alegría que igual que en una semilla está oculto el árbol gigantesco, debajo de su piel, en sus huesos y tendones, estaba también oculta la posibilidad de crecer hasta otras dimensiones inexploradas, donde con toda seguridad encontraría la respuesta a tantas preguntas. Se bañó en el río, comió un poco de arroz y se sentó debajo de un árbol. Pretendió que el árbol le refiriera los pormenores de la maravillosa aventura de su espléndida realidad. Quiso que le explicara cómo era viable el prodigio de una diminuta semilla transformada en tan vasta armazón de ramas, hojas, frutos y flores. Se homologó al árbol y conjeturó que dentro de cada hombre había algo similar a una semilla que le iba a permitir algún día crecer hasta acercarse al cielo. De repente se dio cuenta que todo estaba dentro del hombre, dentro de su cuerpo: todas sus posibilidades y toda su grandeza. Dentro y no fuera, estaba la Luz. “Todos estamos iluminados desde que nacemos, sólo que lo ignoramos”, pensó.
Bodhidharma no tuvo que conjeturar nada: ya lo sabía. Sabía, porque Buda lo había dicho antes, que la Luz estaba dentro y había que sacarla del lugar en que se encontraba a golpes de voluntad. Se sentó con la vista fija en una pared. Necesitó estar sentado durante nueve años frente a la pared para darse cuenta que tampoco el esfuerzo era imprescindible. “No hay que buscar nada, sino dejar que llegue”, pensó. Sólo es necesario abrirse, como se abre la semilla para dar paso al árbol. A la facultad de abrirse Bodhidharma le dio un nombre: Zen. Sólo tres letras. Como Tao. Tres letras diminutas y silenciosas para permitir que la Luz se abra paso, para facilitar el ascenso de la Luz. Si dices Zen ya estás iluminado. Donde pones tu voz pones tu realidad.
Sin embargo, Bodhidharma no se acogió al símil de la semilla y el árbol. Ideó otro símil: el del arco y la flecha. El arco puede tensarse con los ojos cerrados, y la flecha, dirigida hacia ningún lugar, da en el blanco. Al símil le buscó otro nombre: koan. Cuatro letras. Siempre pocas letras para mucho resultado.
–¿Qué es un koan? –preguntó el discípulo.
El maestro le dio un puntapié en el trasero.
Y el discípulo se iluminó.
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