martes, 29 de diciembre de 2015

29 de diciembre

No es de extrañar que nuestro amarillo amigo tenga espíritu navideño, de hecho, recuerda muy bien las Navidades pasadas con gran lucidez. Se emociona con la Navidad porque sabe que tendrá aguinaldo para gastar con las putas.

En diciembre trata de pasar por alto las compras, los convivios y los abrazos, es algo renuente con el afecto, pero de mala gana recibió uno que otro abrazo y un ralo “dios te bendiga”.

Como saben, no es una persona muy ambiciosa, su único propósito en la vida es sobrevivir, y su única manera de hacerlo es metiéndose en su burbuja, y ver desde su comodidad la vida.

El 29 de diciembre, caminando por la Sexta, vio un anuncio que lo dejó pensativo, incluso ilusionado: “¿Qué nuevos propósitos tienes para el 2016?”, leyó en un afiche que estaba pegado en una pared que publicitaba carreras por madurez; la pregunta que lo dejó como ido, fue su una catarsis espiritual… Luego de salir de su idiotizado momento, se dirigió a su cuarto con determinación y se propuso una meta.

Cuando entró en su habitación buscó con desesperación el instrumento con el que lograría su meta para el nuevo año. No tardó en encontrar un cortauñas oxidado y empolvado, lo lavó y “desinfecto” con agua oxigenda.

Se sentó en el colchón que tenía por cama, se quitó el zapato y con una mirada retadora y agresiva miró su uña encarnada. Una especie de membrana amarillenta y purulenta que cambiaba de color cada que se presionaba. La piel que rodeaba la uña esta morada e inflamada, parecía un níspero, solo que este olía a perro descompuesto.

Cómo pudo se acomodó, tomó aire y colocó una esquina del cortauñas en el extremo más lleno de pus. Prensó con fuerza y una astilla de uña voló al otro lado de la habitación. De inmediato una sustancia amarillenta y maloliente se desprendió de su dedo. Presionó la piel con más fuerza y logró sacar más materia.

Intentó llegar al fondo de la piel lacerada y logró cortar el pedazo de uña que lo incomodaba, no sin derramar unas cuantas onzas de sangre tibia, la que intentó lavar con agua oxigenada y secar con un calcetín que estaba entre sus sábanas.

Cuál no fue el alivio que sintió al ya no sentir la molestia. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su pecho se llenó de satisfacción, pues, al menos en ese instante, pudo, por fin, terminar algo en la vida.

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