jueves, 17 de marzo de 2016

Trabajo

El salario que ganaba lo hacía perder su vida. Cada día de trabajo era como un día menos de vida. Cada latido de su cansado corazón exaltado en la madrugada por la abrupta manera en la que el despertador lo traía de regreso a este mundo donde el trabajo sirve para ganar como perder la vida, era la señal de un inicio eterno, de un vicio sin cura, de un eterno castigo.

Los latidos de su corazón dejaban caer a cada pulsación un centavo que era tomado de su vitalidad. Cada vez que recibía el justo salario que pactó con el jefe, recibía un mes menos de vitalidad, un mes menos de energía, un mes lleno de centavos rojos depositados en un tonel sin fondo.

El silencio de las madrugadas eran su única compañía y su rutina en solitario estaba compuesta de depositar la carga de sus vísceras en el inodoro, limpiar el hollín de su cuerpo, que tan amablemente la ciudad le aportaba en cada viaje, y se enjuagaba la boca con menta. Su ritual de limpieza era tan simple y tan santo que cada día lo repetía con mucha solemnidad.

Su salario le aportaba lo suficiente para sostener su existencia, pues no vivía, cómo, si dejaba 16 horas de su vida en el vaivén de su jornada laboral.

La existencia se fue haciendo pesada, el corazón depositó todos su latidos en el banco de almas de su patrono y un día su corazón dejó de depositar los latidos en la cuenta monetaria de su existencia. 

El patrón se enteró de que su amarillo empleado no podía llegar a trabajar ese día, por lo que ordenó a su encargada de recursos humanos que le descontara el día.

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